EL INFIERNO.


Un matrimonio sumamente feliz, los dos están perdidamente enamorados, abren un hotel junto a un lago. Su éxito profesional y personal se ve premiado con la abundancia de huéspedes y con el nacimiento de su primer hijo. La vida les sonríe, no hay nubes que oscurezcan el horizonte. Finalmente el esposo no será más un hombre feliz, su tranquilidad se esfumara. 

Poco a poco los celos se apoderan de él, provocando que su relación se venga abajo además de afectar la buena marcha del negocio. Cualquier movimiento que haga su mujer despierta la suspicacia. Su cabeza es un caos, cada vez más su infierno mental lo hunde en una desesperante agonía. De una manera magistral el director Claude Chabrol borra en forma maestra la bellísima felicidad en un desconcertante tormento. La locura y la violencia no tardan en llegar, el esposo se convierte en un manojo de nervios y en una fuente inagotable de sudor. 

Para el todo lo que inventa su cerebro es real. Esa ambigüedad que se logra plantear es tan efectiva, que en algún momento también el espectador duda de la inocencia de la esposa. Esta ambigüedad llega a su punto máximo justo en la última escena, cuando nos quedamos sin aliento ante un final oscuro y agobiante.

 


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